En las salas interiores de la iglesia de Belén y San Roque,
a las 7 de la tarde, huele a guiso cocinado a fuego lento. Tanto que hasta sin
hambre entran ganas de comer. Es una sensación agradable. En la cocina cinco
personas corren de un lado para el otro preparando vasos y platos, y vigilando
dos ollas gigantes puestas sobre los fogones.
Apenas un minuto más tarde un hombre abre la puerta y asoma
la cabeza pidiendo un tique para comer. Otro grupo de hombres, la mayoría
árabes y de color, se asoman por detrás suyo reclamando que abran ya el salón
para poder comer. Estamos en el comedor social que puso en marcha, la parroquia
de Belén y San Roque, a través de Cáritas, para dar alimento cada noche a las
personas sin recursos.
El comedor está abierto de lunes a sábado, a las 19.30 se
abren las puertas para comer y eso supone que algunos de los voluntarios tengan
que empezar a cocinar a las 17.00. Hay tres voluntarias que podría decirse que
son fijas, van cada tarde a esa hora, que cocinan, sirven y más tarde recogen y
limpian. Todo a cambio de nada más y nada menos que saber que están haciendo algo
por ellos.
Este comedor social se sustenta sobre tres pilares básicos.
El primero, el que lo puso todo en marcha, el párroco de Belén y San Roque,
«Estamos en la parroquia más cercana a la estación de autobuses, todas las
personas que llegan a Jaén y tienen necesidades acaban viniendo a la iglesia a
pedir ayuda. El párroco anterior para no darles dinero, lo que hacía era
ofrecerles una lata de sardinas y algo suelto para comprar un bollo de pan.
Cuando llegué, tenía un mueble entero lleno de latas de sardinas, y pensé que
había que hacer algo más. Hablé con varios feligreses y nos pusimos a trabajar,
visitaron otros comedores parecidos a este en Granada y finalmente se abrió el
comedor».
Primero se hacían sólo bocadillos y después se fue
ampliando. «Queríamos que tuvieran un sitio donde poder sentarse a comer, que
nos sirviera también para compartir con ellos sus vidas y sus problemas, pero
son muy pocos los que quieren hablar».
El segundo pilar de este comedor son los voluntarios. Muchos
son jubilados, que quitan parte de su tiempo a sus familias y lo emplean en
otros que lo necesitan más, pero también hay gente joven.
El tercer pilar, aunque para nada menos importante que los
anteriores, es la solidaridad de los vecinos. Empresarios con negocios de
alimentación donan el pan, las frutas o cualquier otro alimento, vecinos llegan
a la parroquia con coches cargados de bolsas de comida, otros con un sobre con
dinero, que se emplea también en comprar comida. Cada uno hace lo que puede y la
puertas de la Iglesia están siempre abiertas para cualquier donativo.